Nunca olvido esa conversación.

Me invitó una empresa grande. El ambiente era tenso. Nadie saludaba. Nadie reía. Parecía que el aire pesaba.

Antes de comenzar mi conferencia, me reuní con el director general.

Le pregunté:


“¿Cuál es tu visión para el equipo?”

Y me dijo, muy serio:

“Aquí no venimos a ser felices. Venimos a cumplir.”

Listo. No necesitaba más diagnóstico.

Durante la plática con los empleados, pregunté:

(…la verdad se la volté un poco al director general)

“¿Cuántos de ustedes disfrutan venir a trabajar?”

Ninguna mano levantada. Ninguna.

Solo miradas incómodas.

El punto no es que el trabajo sea una fiesta. Pero si cada día parece una tortura… la productividad se vuelve supervivencia.

Lo más irónico es que esta empresa tenía talento. Y un buen producto.

Pero la cultura estaba en ruinas.

Tras varios meses de trabajo, y que el mismo CEO aceptara bajar a conversar con los equipos y escuchar (de verdad), el ambiente cambió.

La frase ya no era “aquí se viene a cumplir”.

Ahora era:

“Aquí se viene a crecer, y eso a veces también implica ser feliz.”

Y cuando la gente se siente feliz de aportar, los resultados llegan solos.

¿Qué opinas?

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Mike,

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